Siempre que troto alegremente por algun aeropuerto empujando mis valijas, en algun momento me asalta la sensación de que alguien va a venir a tocarme el hombro y echarme. Qué hacés vos acá? Vamos, vía, vía.
Qué extraña cadena de causas y casualidades, decisiones y coincidencias, hacen que yo esté pagando una tasa de embarque, sacándome los zapatos frente a una máquina de rayos X, comiendo desayunos con sabores raros en Fort Worth o en Frankfurt? Cómo, cómo fue que escapé al destino común a mis compañeritas de juegos de la infancia y no me embaracé a los 16 años, no dejé el secundario, no terminé trabajando de cajera o de remisera? Cuándo empezó todo esto?
Mi familia, claro: bichos raros en la Mataderos de los años 60. Padres jóvenes y separados, padre guitarrista con el pelo largo, madre asociada al Círculo de Lectores que escuchaba Radio Belgrano y Jacques Brel.
Mujercitas. Libros, todos los que pudiera encontrar.
Susana Lloveras, que empezó a estudiar inglés a los ocho años en Flores y me inspiró cierto espíritu de emulación. Rivadavia y Pedernera era la Ciudad Luz para mí.
Mi adolescencia. El Normal 4, Nani, Gabriela. Teresa, recitales, la Toldería de la Griega. Otra vida era posible, tenía que serlo.
Quinto año, Memorias de una joven formal.
Filo, en Marceloté. Griego en vez de Latín, de vuelta a la medianoche en el 106. Y ya las cartas estaban echadas y no se podía volver atrás.
Cada vez que saco mi pasaporte en Migraciones, esta guirnalda de razones se despliega, como los libros en tres dimensiones, y nunca deja de asombrarme estar viviendo los sueños de la negrita.