viernes, 13 de febrero de 2009

Montevideo

Tengo un trabajo lindísimo: ocuparme de chicos estadounidenses de 20 años, que vienen a estudiar (y perfeccionar su castellano) en Buenos Aires y Montevideo por seis meses.
A veces caen algunos que se van mas o menos como llegaron; pero otras (por suerte, muchas) veces, es un infinito placer acompañarlos en su aventura.
Esto escribio una de mis estudiantes de Montevideo. Quiero que otros lo lean y lo disfruten tanto como yo:

Y porque te quiero tanto, mi Montevideo, y porque sé que voy a hacer todo lo posible para volver a verte, no quiero despedirme de ti. En vez de una despedida, voy a dejarte con una poesía, una poesía inspirada por el mejor poeta rumano que he leído – Nichita Stanescu – y que te dedico a ti, igual como Nichita dedicaba sus poemas a la diosa Galateea. Y no olvides, esta no es una despedida, sino un “hasta pronto”.
Querida ciudad,

ámame y ayúdame
y lava mis ojos
y gira mi cara
hacia el amanecer de las cosas.
Ámame y ayúdame
y lava mi corazón,
y verte el vaho de mi alma
por entre tus dedos.
Ámame y ayúdame
y levanta de encima de mí
este cuerpo viejo
que me está aplastando el nuevo.
Querida ciudad,

te juro que conozco
todos tus movimientos,
todos tus perfumes,
tus sombras, tus silencios,
tus pasos y tu melancolía,
y ya no tengo más paciencia –
poniendo mi rodilla sobre las piedras,
te ruego, náceme.
También conozco

todo que está lejos de ti,
tan lejos, que apenas existe –
el después-de-la-noche,
el mas-allá-del-horizonte,
el debajo-del-mar,
y todo que es más allá de ellos,
y tan lejos, que ni siquiera tiene nombre.
Y por eso, pongo mi rodilla
sobre la rodilla de las piedras
y te ruego, náceme.
Conozco, también,

todo lo que tú nunca conocerás sobre ti:
el latido del corazón
que viene después del latido que oyes,
el fin de la palabra
que justo empiezas pronunciar,
los árboles – las sombras de madera de tus venas,
los ríos – las sombras de agua de tu sangre,
y las piedras, las piedras – sombras de piedra de mi rodilla,
que doblo enfrente de ti,
y te ruego, náceme.

jueves, 12 de febrero de 2009

lunes, 9 de febrero de 2009

Todo hombre tiene su precio

Tengo un vicio: leer. Y tengo un problema: mis gustos son muy poco canónicos, leo cualquier porquería. Para complicar la cuestión, soy asquerosamente prejuiciosa, lo cual me alejó en su momento de autores como Milan Kundera (cuando pasó el furor popular lo leí y me pareció que no me había perdido mucho), Paul Auster o Zygmunt Bauman (creo que se escribe así). Me da vergüenza, pero es más fuerte que yo: a la tercera vez que me recomiendan un libro, me encapricho y no lo leo nada.
Bueno, cuestión: que revolviendo en una librería de usados de la calle Corrientes encontré la autobiografía de Elsa Maxwell, que era una especie de Gaby Álvarez en la primera mitad de este siglo. Hay que ser muy astuto para ganarse la vida de esa manera, y como la astucia no es uno de mis dones, la gente así me intriga. Aparte, salía 7 pesitos nomás.
Ahí encontré esta admirable historia, que me resarció por los 7 pesos gastados:

Cierto día, una americana cuyo oscuro nombre procede directamente de la fortuna de su padre [un piojo resucitado, bah] invitó al violinista Fritz Kreisler a una reunión que se celebraba en su casa, y le dijo incidentalmente:
- Como es natural, traerá usted su violín.
- Entonces, no tendré mas remedio que pedirle a usted cincuenta mil francos - respondió Kreisler.
- Siendo así, tendré que rogarle que no se mezcle usted con mis invitados - dijo la dama con insolencia.
Kreisler se inclinó. Y respondió:
- En tal caso, serán sólo diez mil francos.

domingo, 8 de febrero de 2009

Si es por pedir...


Para Navidad, quiero uno de éstos